EDUCACION SUPERIOR EN AMERICA LATINA


UNA AGENDA DE PROBLEMAS, POLITICAS Y DEBATES EN EL UMBRAL DEL AÑO 2000


Proyecto de Políticas Comparadas de Educación Superior


Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), Argentina, Núcleo de Pesquisas sobre Ensino Superior (NUPES), Universidade de Sao Paulo; Brasil,, Departamento de Investigaciones Educativas (DIE), del CINVESTAV, México, Facultad Latino Americana de Ciencias Sociales (FLACSO), Chile, Instituto deEstudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI), Universidad Nacional, Colombia.


José Joaquín Brunner (coordinador), Jorge Balán, Hernán Courard, Cristián Cox, Eunice Durham, Ana María García de Fanelli, Rollin Kent, Lúcia Klein, Ricardo Lucio, Helena Sampaio, Mariana Serrano y Simon Schwartzman.

(publicado por la Universidad de Colombia, Santa Fé de Bogotá, 1995)



José Joaquin Brunner, Ricardo Lucio, Eunice Durham, Ana Fanelli, Rollin Kent - Santiago de Chile, 1994



PRESENTACIÓN

1. LA GRAN TRANSFORMACION
Fin de un ciclo
(i) Multiplicación y diferenciación de las instituciones
(ii) Creciente participación del sector privado

(iii) Ampliación y diversificación del cuerpo docente

(iv) Aumento del número y variedad de los graduados
Clasificación de los sistemas nacionales de educación superior

Modalidad común de coordinación

Coordinación y complejidad
2. LA CRISIS DE LA EDUCACION SUPERIOR
Desajustes Estructurales

Parálisis institucional
Mal funcionamiento de los sistemas

Agotamiento del modelo de coordinación

Financiamiento en tiempo de crisis
3. TENTATIVAS DE CAMBIO EN LOS NOVENTA
Una nueva pauta de cambio
Planes integrales de reforma
(i) La reforma chilena y sus efectos
(ii) La nueva ley colombiana de educación superior
Tentativas de cambio en los sistemas del Grupo A
(i) Las políticas de reforma en México
(ii) El proyecto de ley argentino

(iii) Tentativas de cambio en Brasil

(iv) Contratos de racionalización en Bolivia
Reformas impulsadas desde el sistema
(i) El caso de Costa Rica
(ii) El caso de Venezuela

(iii) El caso de Ecuador

(iv) El caso de Nicaragua
Dificultades en la implementación de la nueva pauta
4. PUNTOS PARA UNA AGENDA
El marco de propuestas internacionales
(i) La propuesta de CEPAL-UNESCO
(ii) La propuesta del Banco Mundial
Puntos para una agenda latinoamericana
(i) Diferenciación y diversificación
(ii) Desarrollo del sector privado

(ii) Financiamiento diversificado

(iv) Nuevo contrato entre los sistemas y los gobiernos

(v) La formación de una nueva generación de académicos

(vi) Atención especial a las instituciones más rezagadas

(vii) Políticas de diversificación institucional

(viii) La internacionalización de la educación superior
Notas

Bibliografia



PRESENTACÍON

El presente estudio tiene la doble función de síntesis y de propuesta.

Como síntesis, recoge el producto del análisis comparativo de las políticas de educación superior en América Latina, realizado durante el transcurso de cinco años por cinco instituciones académicas de Argentina, Brasil, Chile, Colombia y México, coordinadas desde la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, de Chile y financiado por la Fundación Ford.

El estudio, que en un principio centró su atención en el análisis de las políticas de educación superior en los cinco países mencionados, poco a poco fue ampliando su objeto de análisis hasta incluir también a los sistemas de educación superior de los otros países de la región. Se constató, de esta manera, que existen rasgos comunes referidos a la expansión y diversificación de los sistemas, a sus crisis de crecimiento encarnadas por los procesos de apertura económica, social y política que se desarrollan en la región de manera más o menos similar y sincrónica. Igualmente se constató que es en el análisis de esos rasgos comunes donde sobresale lo diverso, las maneras diferentes con las que en cada país se han vivido tanto las crisis de expansión como las de apertura de los sistemas.

Esta síntesis corresponde a los tres primeros capítulos, que presentan tanto la gran transformación que ha tenido lugar en la educación superior latinoamericana en las últimas décadas (capitulo 1) y la crisis, expresada de maneras diferentes, a que esa transformación ha dado origen (capitulo 2), como las tentativas de cambio de distinta índole que surgen en los diferentes países a partir de la década de los años noventa (capítulo 3)

Como propuesta, el estudio se dirige a los académicos, a los diferentes grupos de actores involucrados en la educación superior y a los responsables del diseño y puesta en marcha de las políticas pertinentes. La propuesta se concreta en el último capítulo (capítulo 4), donde se pretende puntualizar, para el contexto latinoamericano, una posible agenda de políticas que recoge la discusión internacional actual en torno a un reordenamiento a fondo de la educación superior.

Aunque el trabajo presente es fruto de un esfuerzo conjunto, el papel desempeñado por el Dr. José Joaquín Brunner en la coordinación y dirección de todo el proyecto de investigación que le antecedió, fue definitivo en la redacción final de este documento.


Ricardo Lucio A.
Instituto de Estudios Políticos
Universidad Nacional de Colombia

1. LA GRAN TRANSFORMACION

Fin de un ciclo

1. Puede decirse que hacia 1990 se completó en América Latina un ciclo de expansión de la educación superior que se había iniciado a mediados del presente siglo. La matrícula de tercer nivel creció, en esos cuarenta años, de 270.000 alumnos a más de 7 millones de alumnos. (gráfico 1). Durante ese mismo período, la tasa regional bruta de escolarización superior pasó de menos de un 2% a alrededor de un 18% (Cuadro 1).

2. Cuatro procesos se asocian a esta vasta transformación de la educación superior latinoamericana:
i) Multiplicación y diferenciación de las instituciones;

ii) Creciente participación del sector institucional privado;

iii) Ampliación y diversificación del cuerpo docente;

iv) Aumento del número y variedad de los graduados.
i) Multiplicación y diferenciación de las instituciones

3. Mientras que en 1950 existían en América Latina alrededor de 75 universidades, casi todas ellas de carácter oficial o público (estatales o federales, nacionales, estaduales o provinciales, financiadas por el erario nacional), alrededor de 1990 existen en la región 300 universidades oficiales, cerca de 390 universidades privadas (que funcionan casi todas sin recursos del tesoro público) y, en el nivel no-universitario, alrededor de 3000 instituciones, 1215 oficiales y 1710 privadas (Cuadro 2). Puede concluirse, por lo tanto, que en la mayoría de los casos nacionales los sistemas son, de acuerdo a una clasificación del Banco Mundial (1993:10) "diferenciados públicos versus privados"; esto es, sistemas donde coexisten lado a lado instituciones de los dos tipos, que a nivel mundial aparecen como los predominantes entre los países de ingresos mediano-altos.

3.1. En general, en todos los países el modelo de universidad oficial o pública sirve de patrón de referencia para el resto de las instituciones universitarias. Entre las universidades oficiales existe, sin embargo, un alto grado de diversidad, según la antiguedad de las instituciones y su trayectoria de desarrollo; su tamaño (número de alumnos) y complejidad organizacional; su carácter nacional, regional, provincial o local y la naturaleza de su dependencia administrativa; su emplazamiento en ciudades de distinta dimensión y nivel de desarrollo; su mezcla de funciones de investigación y docencia y la diversidad de áreas del conocimiento que cubren, etc. En su mayoría, estas universidades son de carácter público-estatal. En unos pocos países, sin embargo, se incluyen en este sector algunas universidades privadas que reciben aportes permanentes y directos del Estado.

3.2. Sólo un selecto número de universidades (entre una y diez según el grupo y características de cada sistema nacional [1]) pueden clasificarse como "universidades complejas"; esto es, entidades que combinan actividades sistemáticas y variadas de investigación y de docencia de pre y posgrado en un número significativo de áreas del conocimiento. En general, este tipo de universidades son entidades oficiales. Excepcionalmente, unas pocas universidades privadas pertenecen a esa categoría de organizaciones complejas.

3.3. Las demás universidades oficiales son exclusivamente docentes, con fuerte énfasis en la formación profesional. Pueden ser "universidades completas", que ofrecen carreras en la mayoría de las áreas del conocimiento; "universidades incompletas", que sólo ofrecen programas en un número limitado pero diversificado de áreas del conocimiento; o "universidades especializadas", que concentran sus actividades docentes en una sola área (ciencias pedagógicas, agronomía, ingenierías o tecnologías, salud y ciencias bio-médicas, respectivamente). Existen en la región, asimismo, unas pocas "universidades especializadas" - públicas en su mayoría - que desarrollan investigación y ofrecen programas de posgrado.

3.4. Las universidades privadas, a las que nos referimos un poco más adelante, son en su gran mayoría "universidades incompletas"; por lo general, salvo aquellas que reciben aportes directos y permanentes del Estado o son "especializadas", no incursionan en las áreas básicas de investigación ni ofrecen formación en ciencias naturales, en ciencias médicas y en el nivel de posgrado.

3.5. diversidad tiende a ser mayor en el sector privado que en el público, pero también este último se halla fuertemente diferenciado según niveles y tipos en algunos países como Argentina y México.

ii) Creciente participación del sector privado

4. No sólo ha aumentado espectacularmente el número de instituciones privadas sino que, además, en varios países - como Brasil, Colombia, Chile, El Salvador y República Dominicana - la mitad o más de la matrícula de tercer grado se encuentra localizada en instituciones de dicho sector. En varios otros países - como México, Perú y Venezuela - alrededor de un tercio o más de la matrícula no-universitaria es ofrecida por instituciones que pertenecen al sector privado (Cuadro 3). En general, puede estimarse que más de 2 millones de alumnos cursan sus estudios en instituciones privadas de nivel universitario y no universitario, de los cuales aproximadamente la mitad pertenece a Brasil.

4.1. Las instituciones privadas se caracterizan por su gran variedad, tanto si gozan del estatuto de universidades como, especialmente, en el caso de las instituciones privadas no-universitarias. Levy (1986) clasifica las universidades privadas latinoamericanas según el momento de su creación y el carácter de las instituciones distinguiendo entre: 4.2. Desde el punto de vista de su desarrollo y cobertura académica, pueden encontrarse entre las universidades privadas unas pocas instituciones "completas", una mayoría de instituciones "incompletas" y algunas "especializadas", junto a un número de organizaciones que se halla recién en proceso de formación. Existen, asimismo, universidades privadas "complejas", entre ellas varias de élite en Colombia y Chile, y algunas universidades católicas en esos mismos países y Brasil.

4.3. En cuanto a las instituciones privadas no-universitarias, existe una enorme variedad, desde instituciones que ofrecen carreras profesionales que también son impartidas por las universidades hasta instituciones de "ciclo corto", que forman técnicos y especialistas en cursos de dos o más semestres. Por lo general, estas instituciones definen sus actividades docentes en respuesta al mercado laboral y sólo unas pocas son conducidas "desde dentro", es decir, por la dinámica de los respectivos complejos cognitivo-prácticos, caso en que habitualmente poseen una mayor identidad profesional. Entre estas últimas se cuentan algunas instituciones "especializadas", como institutos o centros tecnológicos ligados a la producción, centros de formación comercial, de entrenamiento en alguna rama de la informática, etc.

iii) Ampliación y diversificación del cuerpo docente

5. Los docentes de educación superior han aumentado, entre los años 1950 y 1990, de alrededor de 25 mil a más de 600 mil, sin que exista una información confiable sobre el número de docentes que trabajan en instituciones no-universitarias (Cuadro 4). La tasa de crecimiento del cuerpo académico ha sido tan alta en la región que, como muestra un estudio para el caso de México, durante el período 1960-1992, se incorporaron, en promedio, 9 docentes por día (Gil Antón et al, 1994:29).

5.1. Del total estimado de docentes, sólo una ínfima fracción (que puede conjeturarse no supera el 10% y se halla concentrado principalmente en Brasil, México, Argentina, Chile y Venezuela) son profesores-investigadores con dedicación a la docencia de posgrado y a la investigación, publicando regularmente en revistas científicas internacionales de corriente principal. [2]

5.2. Un número variable, de peso dominante o en cualquier caso significativo dentro de cada país, se desempeña en funciones docentes dentro de las universidades oficiales, hallándose agrupado en sindicatos o asociaciones gremiales que promueven la defensa corporativa de sus intereses. En la mayoría de los países esta categoría de docentes se asimila al personal de la administración pública; un número importante, que según los casos puede fluctuar entre un 25% y hasta más de un 75%, [3] se halla contratado bajo el régimen de dedicación exclusiva o de jornada completa; y sus miembros gozan habitualmente de diversos privilegios o "derechos adquiridos" y participan mediante el voto en la formación del gobierno de sus instituciones.

5.3. Los docentes del sector universitario privado, a su turno, se hallan segmentados según el grado de consolidación, calidad y prestigio de las instituciones en que trabajan. Habitualmente son contratados por tiempo parcial de dedicación y se sujetan al derecho laboral común. Por lo general no participan en la designación de las autoridades institucionales y no gozan del derecho a la sindicalización o agremiación.

5.4 Por último, los docentes de tercer grado de nivel no-universitario siguen las características de la división oficial/privado, en ambos casos habitualmente en condiciones desmejoradas de trabajo, remuneración y prestigio respecto de sus colegas que trabajan en el nivel universitario. En el sector privado, estos docentes tienden a tener altas tasas de rotación en los puestos y frecuentemente se desempeñan en varias instituciones simultáneamente.

iv) Aumento del número y variedad de los graduados

6. En torno a 1950, se estima que las universidades de la región graduaban anualmente a un número no superior a 25 mil estudiantes, la mayoría de ellos en las carreras de derecho, educación y medicina. Se calcula que en ese tiempo, el total regional de titulados profesionales en la población no superaba los 600 mil (CEPAL, 1968). En torno a 1990, el sistema latinoamericano de educación superior en su conjunto graduaba anualmente a 700 mil estudiantes, de los cuales puede estimarse que un 75% egresa de instituciones de nivel universitario. En la mayoría de los países, los diplomados anuales de tercer grado representan alrededor de un 2,5% del respectivo grupo de edad, existiendo un número de países por debajo de ese promedio y dos que se sitúan por encima (Cuadro 5).

6.1. En la actualidad, los diplomados de los distintos países (considerando los 16 para los cuales existe información) provienen, en primer lugar, del área de educación; en segundo lugar del área de comercio y administración; en tercer lugar del área de ciencias médicas y de la salud, y en cuarto lugar del área de ingenierías y tecnologías [4]

6.2. A su turno, la matrícula de tercer grado se distribuye de manera tal que la mitad o más de los estudiantes se concentra en carreras vinculadas al sector de servicios de la economía, fenómeno que es habitual asimismo a nivel internacional. En cambio, existen diferencias entre países en cuanto a la proporción de la matrícula localizada en ciencias naturales y matemáticas, en ciencias médicas y de la salud, en ingenierías y en agronomía. Como muestra el Cuadro 6, la distribución de la matrícula por áreas del conocimiento tiene poco que ver con el predominio de los sectores público/privado en los distintos países. Sistemas predominantemente públicos pueden tener una alta matrícula en derecho, ciencias sociales y del comportamiento, comercio/ administración y educación y humanidades, como sucede en los casos de Costa Rica y Cuba. A su vez, países con sistemas polarmente distintos, como son Cuba y Chile, poseen en común ciertos rasgos del perfil de distribución de su matrícula, como la baja proporción de alumnos en ciencias naturales, matemáticas y ciencias de la computación.

Clasificación de los sistemas nacionales de educación superior

7. Como resultado de los procesos descritos, los sistemas nacionales de educación superior se han vuelto crecientemente complejos: son institucionalmente diferenciados (según niveles y carácter oficial/privado de los establecimientos); relativamente masificados (según las tasas brutas de escolarización alcanzadas); altamente heterogéneos (desde el punto de vista de las categorías institucionales, su selectividad académica, la calidad de sus funciones docentes, etc.), y representan un significativo costo para el erario público de cada país, que sumado regionalmente alcanzó a alrededor de US$7.000 mil millones en 1991.

7.1 Simultáneamente, como producto de esos mismos procesos y de las políticas aplicadas por los respectivos gobiernos durante el período de la expansión,[5] los distintos sistemas nacionales han empezado a separarse de acuerdo a sus características de tamaño, grado de diferenciación de su base institucional, grado relativo de masificación y predominio público/privado en la composición de la matrícula. Además, el peso relativo de la población estudiantil dentro de la población total de cada país y el grado de desarrollo de éstos (medido por el PIB real per cápita) (Cuadro 7), contribuyen asimismo a determinar las características de cada sistema nacional, junto con sus características más generales de evolución histórica.

7.2. En una primera aproximación, empleando los criterios recién enunciados, los sistemas nacionales de educación superior de América Latina pueden clasificarse en 6 grupos o categorías.[6]

GRUPO A: Sistemas nacionales de gran tamañg y complejidad. Comprende a sistemas con una matrícuda superior a un millǵn de estudiantes y con 500 o más establecimientos de educación superior, fuertemente diferenciados según niveles, sectores, categorías y modalidades de dependencia administrativa. En este grupo se encuentran los sistemas de Brasil, México y Argentina, tres países con un ingreso per cápita superior a US$4000. De los tres, el argentino es el más avanzado en su proceso de masificación y el más diversificado en cuanto a su base institucional. México y Brasil, en cambio, poseen sistemas que aún no alcanzan el umbral de una educación superior masiva (15% del grupo de edad respectivo). Los sistemas de Argentina y México son predominantemente públicos desde el punto de vista de la composición de la matrícula, mientras que el sistema brasileño es de predominio privado. Con todo, en los tres países las "universidades complejas" se encuentran entre las oficiales y, en el caso de Brasil, a pesar de su carácter predominantemente privado en cuanto a la distribución de la matrícula, sin embargo las universidades oficiales (federales y estaduales) tienen un peso incontrarrestable dentro del sistema. Argentina posee un número desproporcionadamente alto de instituciones públicas no-universitarias, debido principalmente a un alto número de institutos de formación de maestros primarios y profesores secundarios. De allí resulta que mientras Brasil y México, poseen 1 institución de enseñanza superior por cada 200 mil habitantes, Argentina posea 1 por cada 26 mil habitantes. Estos sistemas reunen aproximadamente un 55% del total de la población estudiantil regional y gastan, combinadamente, cerca del 75% de los recursos públicos invertidos anualmente por los gobiernos en educación superior.

GRUPO B: Sistemas nacionales de tamaño mediano-grande y avanzada masificación. Comprende a sistemas con una matrícula de 500 mil o más estudiantes, con una base institucional menos compleja y grados relativamente avanzados de masificación. En este grupo se encuentran los sistemas de Perú, Venezuela y Colombia. De los tres, el peruano es el más avanzado en su proceso de masificación, a pesar de ser el país con un menor grado de desarrollo relativo del grupo, medido por el ingreso real per cápita. Colombia es un caso especial dentro del grupo, no sólo por poseer un sistema de neto predominio privado en cuanto a la composición de la matrícula, tanto a nivel universitario como no universitario, sino además por poseer una tasa más baja de escolarización (justo en el umbral de la masificación) y una base institucional ampliamente diversificada, con proliferación de instituciones debido al número de entidades privadas. Así, mientras colombia posee 7 instituciones de educación superior por cada millón de habitantes, Venezuela tiene 5 y Perú 2. Este último país posee una significativa matrícula privada; además, junto con Venezuela, son los dos países con un mayor número promedio de alumnos por universidad privada. Estos sistemas reunen un cuarto de la matrícula regional y participan en alrededor de un 15% del gasto total anual en educación superior.

GRUPO C: Sistemas nacionales de tamaño mediano y masificación moderada. Pertenecen a este grupo los sistemas de educación superior de Chile, Cuba y Ecuador, tres países con distintos ingresos per cápita y sistemas organizados de manera muy diferente desde el punto de vista del predominio público/privado, con bases institucionales altamente diferenciadas para el tamaño de su respectiva población estudiantil. Esta se sitúa entre 200 mil y 300 mil alumnos. Pero mientras en Chile la matrícula total del sistema es predominantemente privada, en el caso de Cuba es exclusivamente pública. Ecuador tiene un sistema de predominio público pero con un significativo número de instituciones privadas. Chile, al igual que Colombia en el grupo anterior, posee un sistema con "proliferación de instituciones" debido al peso de las entidades privadas; sus "universidades complejas", sin embargo, se agrupan todas en el sector oficial, que además concentra gran parte de la matrícula de este nivel. En el otro extremo, Cuba posee un sistema de base institucional más simple, con pocas universidades pero un buen número de instituciones públicas de nivel no-universitario. Así, mientras Chile posee una institución de educación superior por cada 48 mil habitantes, Ecuador tiene una por cada 91 mil habitantes y Cuba una por cada 210 mil habitantes. Los tres sistemas considerados representan el 10% de la matrícula regional y el 7% del gasto corriente anual.

GRUPO D: Sistemas nacionales de tamaño pequeño-mediano y masificación moderada. Comprende a sistemas con una matrícula que oscila entre 50 mil y 150 mil alumnos, cuyo ingreso per cápita es de alrededor de US$2500 o inferior. Son sistemas con una base institucional relativamente sencilla, con un número menor a 10 universidades oficiales y la mayor parte de la matrícula concentrada en ese sector. Pertenecen a este grupo los sistemas de Bolivia, República Dominicana, El Salvador y Guatemala. Poseen un grado de masificación moderado, con tasas de escolarización de entre 15% y 20%. Mientras los sistemas de República Dominicana y El Salvador son de matrícula predominantemente privada, con un significativo número de instituciones de esa naturaleza, los dos restantes son de predominio público y poseen un número menor de establecimientos.

GRUPO E: Sistemas nacionales pequeños en países con alta incidencia de la matrícula estudiantil en la población. Comprende a sistemas cuya matrícula se ubica entre 50 mil y 75 mil alumnos, en países con un ingreso per cápita superior a US$3000. Su base institucional es simple y homogénea con neto predominio del nivel universitario y, dentro de éste, de la o las universidades oficiales. Poseen entre 1 y 3 universidades por cada millón de población. Pertenecen a este grupo los sistemas de Uruguay,Costa Rica y Panamá. Los tres tienen un número superior a 2000 estudiantes por cada 100 mil habitantes y tasas brutas de escolarización que oscilan entre 20% y 30%.

GRUPO F: Sistemas de tamaño menor con tasas bajas de escolarización terciaria. Comprende sistemas con menos de 50 mil alumnos, tasas de escolarización inferiores de alrededor de un 10% en países con un ingreso per cápita inferior a los US$3000. Pertenecen a este grupo los sistemas de Paraguay, Nicaragua y Honduras. Todos tienen una proporción menor de 1000 alumnos de tercer grado por cada 100 mil habitantes; bases institucionales poco diversificadas y simples, con menos de 10 universidades y, por lo general, una o unas pocas concentran la mayoría de la matrícula. Estas últimas son siempre entidades oficiales.

8. Según se desprende de la anterior clasificación, la variable que más fuertemente incide sobre la diferenciación y complejidad de la base institucional de los sistemas nacionales es el tamaño de la población estudiantil atendida, por un lado y, por el otro, una combinación entre el grado de desregulación del mercado privado de enseñanza universitaria y el grado de desarrollo alcanzado por el nivel no-universitario, el cual, salvo excepciones significativas --como ocurre en los casos de Argentina, Cuba, Ecuador y Venezuela-- es habitualmente de predominio privado. La tendencia a la "proliferación institucional" es mayor allí donde el sector privado ha alcanzado una participación más alta en la matrícula, como en los casos de Chile, Ecuador, Colombia y Brasil o donde, como en Argentina, existe un gran número de instituciones públicas de nivel no-universitario. En esos países, la densidad institucional (número de instituciones por población) tiende a ser alta y la densidad estudiantil (número promedio de alumnos por institución) menor. El promedio de alumnos por institución, según los países, es entre 7 y 1,25 veces mayor en el sector de las universidades públicas que en las privadas. En varios existe un número total de instituciones por tamaño de la población que sólo se compara a nivel mundial con sistemas como los de Estados Unidos, Japón y Filipinas, países con una alta densidad institucional; en cambio, el número de universidades oficiales se sitúa en la mayoría en torno al índice de 1 por un millón de habitantes, relación que es casi el doble en Chile y Ecuador, y menos de la mitad en Brasil, México y Uruguay (Cuadro 8).

Modalidad común de coordinación

9. A pesar de sus innegables diferencias, los sistemas de educación superior de América Latina se han desarrollado teniendo en común una misma modalidad de coordinación. Esta comprende el conjunto de dispositivos que regulan la relación entre las instituciones, en particular sus agentes más influyentes (personal directivo, académicos y sus asociaciones), el Gobierno nacional y los mercados pertinentes (mercado estudiantil, de académicos, mercado de financiamientos, mercado reputacional o de prestigios y mercado de colocación de diplomados o laboral). Los mecanismos de coordinación buscan asegurar un relativo orden entre las partes, y una adecuada capacidad de respuesta frente a las demandas que provienen del medio externo.

10. Esquemáticamente, puede describirse la modalidad típica de coordinación prevaleciente en América Latina mediante los siguientes rasgos comunes (Brunner, 1993, 1994a; Schwartzman, 1993): 10.1 Matriz básica. De este modo, puede decirse que la matriz básica de coordinación de los sistemas latinoamericanos de educación superior no corresponde a ninguno de los cuatro tipos estudiados por Clark (1987) en el marco de un análisis comparado de los sistemas de los países desarrollados. Dicha matriz no se ajusta, propiamente, ni a la forma de coordinación política, ni a la burocrática, profesional o de mercado. Tiene elementos de los tres primeros tipos de coordinación pero los combina de una manera peculiar y deja fuera otros que son esenciales para la constitución de esos tipos (Schwartzman 1993; Brunner 1994a). Así, por ejemplo, posee elementos de coordinación burocrática, en la medida que se busca gobernar el sistema mediante leyes y reglas pero, en general, los organismos centrales de administración no tienen capacidad de supervisar el cumplimiento de esas leyes y reglas o las aplican discrecionalmente. Al final, el papel de la burocracia gubernamental se ve limitado a cursar los fondos destinados por la ley de presupuesto a las instituciones, sin tener casi ninguna ingerencia en la programación y uso de esos recursos ni en la efectiva coordinación del desarrollo del sector oficial. Posee, asimismo, ciertos elementos propios del tipo de coordinación política, donde se busca constituir una "arena de negociación" de los diversos intereses que inciden en los sistemas de educación superior, tanto del Gobierno, como del Parlamento, de los partidos, de la opinión pública, de las asociaciones empresariales y de las propias corporaciones a través de sus distintas instancias de expresión. Pero en vez de existir, efectivamente, una "arena de negociación", en América Latina esos diversos intereses tienden a ser acomodados al margen del proceso democrático, sin que exista un debate público transparente sobre los asuntos de la educación superior ni se hayan encontrado procedimientos para regular la participación de los diversos actores. Más bien, lo que tiende a primar es la defensa de intereses corporativos, facilitada por el hecho de que las instituciones no necesitan dar cuenta de su gestión ante la sociedad; una actitud oscilante de los Gobiernos que se mueven entre los polos de la intervención autoritaria y la total ausencia de políticas; y unas formas perversas de "politización" del gobierno institucional que frecuentemente llevan a entrabar las decisiones o a una extrema rigidez de gestión. Ultimamente puede observarse una forma adicional de expresión corporativa de las instituciones en varios países de la región, a través de la actuación colectiva de los autoridades universitarias (en algunos casos solamente de las universidades oficiales y, en otros, del conjunto de las instituciones universitarias). Las Asociaciones Nacionales de Universidades o Consejos de Rectores, en efecto, han pasado a jugar un papel creciente en la relación entre las instituciones y los Gobiernos, fenómeno que abarca a sistemas tan distintos como los de Brasil y México, por un lado, y los de Ecuador, Chile y Nicaragua, por el otro. Por último, esa matriz básica posee también elementos de lo que Clark llama coordinación profesional, que se expresaría principalmente --como ocurre con los mandarines académicos franceses, los profesores alemanes, los dons británicos o las oligarquías académicas italianas-- a través de su incidencia sobre las decisiones del Gobierno respecto al manejo del sistema. Debido a la heterogeneidad y segmentación del cuerpo docente en América Latina, sin embargo, los elementos de coordinación profesional adoptan aquí expresiones distintas que, como vimos, se asemejan más al clientelismo burocrático, la presión sindical-corporativa o la movilización política-administrativa de los docentes y de los representantes institucionales. Sólo en la esfera de las políticas y decisiones de investigación científico-tecnológico puede decirse que existe una participación de base profesional de los académicos, a través de las respectivas comunidades disciplinarias.

10.2. Papel del mercado. En todas partes, los mecanismos de mercado juegan algún papel en la coordinación de los sistemas de educación superior. Coordinación de mercado, en el sentido de un tipo o modalidad de coordinación que descansa en un contexto competitivo de opciones con baja intervención de una autoridad central, tal como existe en los Estados Unidos, en cambio, no se conoce en América Latina aunque, desde 1980, la coordinación del sistema chileno parece haberse movido en tal dirección. De cualquier forma, todos los sistemas nacionales de la región tienen algún grado variable de coordinación que es provisto por el juego de los mercados pertinentes. De modo que las relaciones entre las instituciones y los mercados laborales son un factor permanente que interviene, para bien o para mal, en la coordinación del sistema, orientando la oferta de servicios educacionales, estimulando la valorización o desvalorización de los certificados, impulsando el crecimiento diferencial de diversas áreas dentro de las instituciones e incidiendo sobre el propio mercado interno de posiciones académicas.

Coordinación y Complejidad

11. Los sistemas de educación superior de la región han alcanzado, en distinto grado según su Grupo de pertenencia, niveles crecientes de complejidad, los que difícilmente puede ya ser manejados dentro del esquema de coordinación surgido a comienzos de este siglo y que aún se mantiene en pie.

11.1. En la práctica, dicho esquema emergió en la etapa formativa de esos sistemas, cuando su base institucional era predominantemente pública y exclusivamente universitaria y su cobertura era estrictamente elitaria, no alcanzando, en el mejor de los casos, a 6 de cada 100 jóvenes del grupo de edad y, en promedio, a una tasa de escolarización inferior a un 2%.

11.2. La verdadera "revolución de los números" que experimentó la educación superior latinoamericana a partir de los años 1950 --en términos de población estudiantil, docentes, instituciones, programas y recursos-- sólo pudo ser administrada bajo ese esquema mediante la combinación de Estados cada vez más ausentes de la coordinación de los sistemas pero que aumentaban el gasto público en el sector oficial, junto con aceptar legalmente o de facto un mercado relativamente desregulado de ofertas y demandas de servicios privados de enseñanza superior. Los logros obtenidos bajo esa forma de coordinación son tan significativos como los problemas que generó.

12. Entre los primeros destaca la masificación de la enseñanza superior, la diversificación de la oferta de estudios, la formación de una profesión académica y la instalación, en un núcleo de universidades de cada país, de una capacidad de investigación científico-tecnológica y de formación de posgrado. En cada país, dichos logros se han alcanzado de manera más o menos exitosa. En su conjunto, ellos determinan las fortalezas que pueden tener los sistemas de educación superior de la región.

13. Simultáneamente, esos mismos procesos llevados a cabo bajo esa forma de coordinación han generado innumerables problemas que están en la base de la actual percepción de que la educación superior latinoamericana enfrenta una severa crisis de crecimiento y de adaptación a las nuevas condiciones del desarrollo de los países. Los síntomas de esa crisis son variados y se expresan de diversa manera en cada país. Sin embargo, tienen expresiones comunes en todos, pudiendo agruparse en cuatro categorías:

2. LA CRISIS DE LA EDUCACION SUPERIOR

Desajustes Estructurales

14. Los procesos de diferenciación de los sistemas de educación superior ocurridos durante las décadas recientes, especialmente en los últimos veinte años, han dado lugar en casi todos los países --salvo aquellos de los Grupos E (sistemas nacionales pequeños en países con alta incidencia de la matrícula estudiantil en la población) y F (sistemas de tamaño menor con tasas bajas de escolarización)-- a una creciente confusión de los límites y tipos institucionales.

14.1. Niveles. La división binaria entre instituciones universitarias y no-universitarias, formalmente impecable, no corresponde en la realidad a una línea tajante de demarcación. En el caso de Brasil, por ejemplo, para ciertos efectos se emplea tal clasificación (distinguiendo entre universidades, federaciones y establecimientos aislados) pero, desde el punto de vista de la duración de los estudios, todos los programas aparecen como conduciendo a diplomas de nivel 6 según la clasificación de la CINE; esto es, programas que llevan a un primer grado universitario superior o equivalente. Por otra parte, en la mayoría de los países las propias universidades ofrecen algunos programas de Nivel 9 que conducen a un diploma que no equivale a un primer grado universitario. En otros casos, como en Chile por ejemplo, existen instituciones no-universitarias (los institutos profesionales) que ofrecen programas conducentes a un título profesional que para todos los efectos académicos es equivalente al que confieren las universidades para las mismas carreras.

De manera semejante a lo que ha ocurrido en los países de la OECD (Teichler, 1988), se ha alcanzado por lo tanto en los sistemas latinoamericanos, un grado de diferenciación que ya no se compadece con la simple división binaria de dos niveles institucionales, pudiendo encontrarse, dentro de cada categoría, una gran diversidad de tipos institucionales, tanto de universidades como de instituciones no-universitarias. Desde este punto de vista, la escena de la educación superior en América Latina, tomada en su conjunto, se parece más al sistema de los Estados Unidos que a cualquiera otro. Igual como allá, existe un número total de instituciones superior a las tres mil, aunque en el caso de América Latina los alumnos corresponden a un 60% de la población estudiantil de los Estados Unidos. Igual como en este país, existen en la región centenares de instituciones que ofrecen carreras de nivel 6 del CINE, tanto oficiales como privadas y, junto a ellas, más de dos mil instituciones públicas y privadas que ofrecen carreras de ciclo medio y corto. Además, igual como allá, existen aquí entidades aisladas o especializadas de formación profesional y un número, que en el caso de América Latina es pequeño, de unidades académicas que ofrecen estudios de posgrado conducentes a maestrías y doctorados. Pero mientras en los Estados Unidos existe una clasificación comúnmente aceptada para el caso de las universidades, en cambio en América Latina tal denominación es usada para una heterogénea variedad de instituciones oficiales y privadas, cuyo tamaño puede fluctuar entre más de 200 mil alumnos en un extremo hasta menos de mil alumnos en el otro; cuyas funciones pueden ser altamente complejas o de extrema ssimplicidad; cuyos programas pueden abarcar en su mayoría estudios de nivel de licenciatura y posgrado o estar íntegramente dedicados a unas pocas programas rutinarios de formación profesional; y cuyos presupuestos anuales oscilan entre más de 300 millones de dólares y menos de uno.

14.2. Diversificación. Tampoco resulta claro, a la luz de los antecedentes disponibles, que la diferenciación de la base institucional de los sistemas haya producido una efectiva diversificación de la enseñanza superior en función de las demandas del mercado de trabajo, de las dinámicas del crecimiento económico y de los intereses más variados de una población estudiantil en expansión. Según Clark Kerr (1991), los sistemas de educación superior deberían atender a la formación de tres niveles de personal calificado, que él llama, respectivamente, el nivel de los conocimientos superiores y cambiantes, de gente que trabaja por su cuenta o supervisa a otros y que incluye la gama de actividades más sofisticadas en todos los campos, aquellas más innovativas y de mayor nivel intelectual agregado, que Reich (1992) atribuye a un segmento de personal que denomina de los "analistas simbólicos"; el nivel de la competencia ocupacional establecida, donde las personas trabajan bajo supervisión general en tareas de ejecución y usando conocimientos más tradicionales (por ejemplo, los ingenieros aplicados, la mayoría de los contadores y abogados, etc.); y el nivel del personal que labora bajo supervisión específica empleando destrezas técnicas de uso común. Según muestra el mismo Kerr, existe en el contexto de los países industrializados una "gran interrogante" sobre la proporción de personas que deben ser formadas en cada nivel. Atendiendo a la experiencia internacional comparada, señala que en esos países puede estimarse que para aprovechar de manera efectiva a los profesionales del más alto nivel de la actividad intelectual, cada uno debe ir acompañado aproximadamente de cinco a diez personas capacitadas en los otros dos niveles. Las cifras de California, para los tres niveles, son respectivamente de 16%, 30% y 54%; en los Estados Unidos, Japón y la ex Unión Soviética, hacia finales de la década de 1980, la proporción de alumnos formados para el primer nivel de actividades fluctuaba entre un 10% y un 15%. En América Latina, en cambio, pareciera existir una excesiva concentración del esfuerzo educacional en la formación profesional de personal de primer nivel, a través de programas universitarios de cinco o más años de duración (como se desprende del Cuadro 5), en tanto que se descuida o "privatiza" en general la formación para los dos restantes niveles. Adicionalmente, con la sola excepción de Brasil, los sistemas latinoamericanos de educación superior cuentan con una débil estructura de estudios de posgrado para la formación de personal del tipo "analistas simbólicos", incluyendo científicos e ingenieros de investigación y desarrollo.

Lo anterior obedece seguramente al prestigio tradicional investido en las universidades y sus títulos, así como al hecho de que una alta proporción de los estudios en carreras conducentes a la formación de personal de segundo y tercer nivel son pagados, mientras que el acceso a las universidades es en general abierto (no selectivo) y gratuito en cuanto toca a las universidades oficiales.

Por otro lado, las políticas nacionales de educación superior tienden a concentrarse casi exclusivamente en las universidades, dejando de lado a las instituciones no-universitarias. De esa forma, la diferenciación de la base institucional de los sistemas se ha producido en general al margen de cualquier diseño, lo cual ha resultado en una progresiva segmentación de los distintos niveles y una escasa interconexión entre las distintas instituciones, dificultándose con ello la transferencia de alumnos desde un nivel al siguiente.

14.3. Sectores. Aunque la distinción entre los sectores oficial o público, con sus diversos niveles de dependencia administrativa (nacional o federal, estadual, regional, provincial y municipal o local) por un lado, y privado por el otro, parece a primera vista más nítida, en la práctica existen diversas situaciones especiales donde ambos sectores se sobreponen o distancian, de modo que la línea que los separa es más sinuosa de lo esperado. La heterogeneidad del propio sector institucional privado, y su trayectoria de desarrollo que en varios países comprende un siglo o más, contribuye a las dificultades de esa demarcación. En efecto, como señalan Balán y García de Fanelli (1993) "el surgimiento y la consolidación de un sector privado de educación superior en América Latina antecede con mucho al debate actual sobre la privatización, que tiene lugar en el contexto de los programas de ajuste económico y reestructuración del Estado de los últimos quince años. En realidad, la fundación de ese sector fue relativamente precoz para estándares internacionales". Durante su desarrollo han aparecido diversos tipos de instituciones, tanto de universidades privadas como de instituciones privadas de nivel no-universitario, según se vio más arriba, y los Gobiernos han empleado también diferentes políticas para regular o desregular el crecimiento del sector. Como resultado existe hoy un panorama institucional altamente heterogéneo en este sector, con unos pocos rasgos comunes: las instituciones privadas (sobre todo universidades) tienden a ubicarse geográficamente en las regiones metropolitanas o más desarrolladas de los países; el tamaño de las instituciones tiende a ser pequeño, con un bajo número promedio de alumnos; salvo escasas excepciones, estas instituciones son exclusivamente docentes de pregrado; su oferta tiende a concentrarse en áreas del conocimiento de alta demanda y reducidos costos de producción, donde los gastos en equipamiento y materiales de enseñanza son pequeños y existe una abundante provisión de personal docente; los profesores son contratados generalmente por hora y su calificación académica es menor que la de los docentes del sector institucional público; su clientela tiende a ser segmentada, de modo que mientras las instituciones de élite reclutan a estudiantes de hogares con ingresos altos las demás instituciones sirven a una clientela más amplia, pero siempre en condiciones de pagar los aranceles; y su financiamiento proviene casi exclusivamente del cobro de matrículas.

Estos rasgos, propios de la dinámica de desarrollo de las instituciones privadas, explican que mientras las universidades del sector tienden sólo a replicar más concentradamente el modelo de oferta de servicios docentes de la universidad pública, sin constituir una verdadera fuente de diversificación e innovación en los sistemas, en cambio las instituciones privadas no-universitarias, al mantenerse más cerca de la demanda de jóvenes que aspiran a incorporarse rápidamente al mercado de trabajo, tienden a ofrecer una mayor variedad de formaciones y pueden ser más sensibles a los cambios en los mercados de trabajo.

14.4 Balance. En suma, desde el punto de vista estructural se percibe que los sistemas de los países que pertenecen a los Grupos A, B, C y D --que son los más complejos y cuentan con bases institucionales más diferenciadas-- carecen de una adecuada arquitectura o diseño organizacional, crecen inorgánicamente, con un sesgo favorable a las universidades, y sin que pueda estimarse que la aguda diferenciación producida haya redundado en una efectiva diversificación de cara a las necesidades de la economía, de las dinámicas del mercado de trabajo y de las expectativas de los jóvenes que aspiran a cursar estudios superiores.

Parálisis institucional

15. Síntomas de una progresiva parálisis institucional se perciben con nitidez en varios países, pudiendo adoptar distintas expresiones. En el caso de muchas universidades oficiales --metropolitanas o localizadas en regiones o provincias-, un período relativamente largo de restricciones presupuestarias (durante los años 1980) hizo caer las inversiones en infraestructura, bibliotecas y equipamiento; las remuneraciones pagadas a la mayoría de los docentes son bajas y en algunos países se ha ido produciendo una rigidización de las posiciones académicas y un envejecimiento de los planteles docentes; la organización académica de facultades y escuelas ha tendido a burocratizarse y, allí donde existen departamentos, éstos muchas veces no funcionan; los programas de enseñanza permanecen inalterados durante largos períodos a pesar de la constante renovación de los conocimientos en las diversas disciplinas y de los cambios que están ocurriendo en los mercados de trabajo profesional; los tradicionales métodos pedagógicos de "lecciones frontales" al nivel del pregrado perviven incluso en situaciones donde los alumnos se han multiplicado hasta no encontrar cabida en las salas de clases (Schwartzman, 1991; Courard, 1992).

16. Además, como se indicó anteriormente, las universidades oficiales no han descubierto hasta el presente una forma de gobierno que combine un grado suficiente de legitimidad interna y de eficacia, hallándose la mayoría de ellas entrabadas por un modelo de co-gobierno burocratizado que es altamente sensible a las presiones corporativas de los sindicatos o agremiaciones docentes y del personal no-académico. Asimismo, deben actuar dentro de un marco de restricciones legales y administrativas que, frecuentemente, introducen un grado adicional de ineficiencia, sin por otro lado servir como efectivos controles de calidad o como mecanismos de coordinación del sector público institucional.

17. En el otro sector, las instituciones privadas más complejas y selectivas, de mayor calidad por ende, aunque han logrado soluciones más eficaces desde el punto de vista de su gobierno interno y que tienden, en ocasiones, a ser más eficientes y tener una mejor gestión financiera y académica, entre otras cosas por su mayor independencia frente a controles burocráticos del Estado y un régimen laboral más flexible, sin embargo suelen aparecer como verdaderos "enclaves elitarios" dentro del sistema. Atienden a una población numéricamente pequeña y reclutada casi exclusivamente de entre los sectores de mayores ingresos en la sociedad. Además, a diferencia de las instituciones oficiales, que son de carácter pluralista, estas otras instituciones poseen frecuentemente una marcada identidad --confesional o ideológica-- lo que las coloca en una situación especial, pudiendo restarle proyección cultural a su función educativa dentro de la sociedad.

18. Por su parte, las instituciones privadas que operan principalmente como un dispositivo de absorción de demandas estudiantiles y de certificación educativa, que son la mayoría dentro de este sector, tienden por lo general a tener un dinamismo exclusivamente vinculado a esas demandas, sin preocuparse mayormente por la calidad del servicio que ofrecen. Su régimen de financiamiento, basado únicamente en el pago por los alumnos de un arancel de matrícula, impide que puedan transformarse en instituciones más complejas; no les permite asumir funciones de investigación o, siquiera, de cultivo de una mayor erudición, y las limita a trabajar con un cuerpo docente compuesto sólo por docentes de dedicación horaria ("profesores-taxi") que circulan entre varias instituciones atendiendo un numeroso recorrido de cursos, pruebas y exámenes. Las instituciones de esta categoría tienden, además, a restringir su oferta a aquellas carreras con una demanda segura y un bajo costo de producción, transformándose rápidamente en entidades rutinizadas, verdaderas "fábricas de certificación".

Mal funcionamiento de los sistemas

19. Tanto autoridades públicas nacionales, como diversos analistas (ICFES, 1990) y algunas agencias internacionales, especialmente en el caso del Banco Mundial (Banco Mundial, 1993 y Winkler, 1990), han manifestado que la crisis de los sistemas se expresa, además, claros síntomas de mal-funcionamiento. Ello se observa principalmente en tres dimensiones: escasa calidad de los procesos y productos, baja equidad de los sistemas y abundantes problemas de eficiencia interna.

20. Calidad. En relación al primer aspecto, se ha sostenido (Schwartzman, 1990), que la cuestión de la calidad académica surge como una preocupación relativamente reciente en América Latina. Expresaría las inquietudes de distintos actores vinculados al campo de la educación superior.

20.1 Las profesiones tradicionales. Médicos, abogados e ingenieros, que constituyen la base del modelo clásico de la universidad formativa de las "grandes profesiones" en América Latina, reaccionan frente a lo que perciben como un deterioro generalizado de la enseñanza universitaria producto de la rápida masificación, los bajos niveles de escolarización de los ingresantes, el descrédito de las prácticas pedagógicas convencionales, y la inflación de los certificados educacionales.

20.2.Los estudiantes y sus familias. Su percepción es que la ES ya no proporciona a los jóvenes las mismas garantías de empleo y prestigio que antaño. En las capas altas, dicha reacción se ve agudizada frente a la incapacidad de que acusan a las viejas universidades públicas para formar a las élites, tarea que empieza a ser encomendada a unas pocas universidades privadas. Por el contrario, los nuevos sectores sociales emergentes, a medida que acceden a la ES, satisfacen parcialmente sus anhelos de movilidad intergeneracional, pero sus hijos experimentan la frustración de no encontrar muchas veces cabida en el mercado debido al bajo nivel atribuido a sus títulos o a la intensa competencia entre los numerosos diplomados que egresan de las instituciones.

20.3.Académicos y científicos. Para ellos, la mala calidad de la ES latinoamericana se manifiesta, antes que todo, en la escasa difusión de las posiciones académicas ligadas a la investigación, en la proliferación de centros universitarios puramente docentes, en la falta de condiciones y estímulos adecuados para desarrollar su trabajo y en la existencia de sólo un escaso número de programas de posgrado de buen nivel, donde desearían ejercer la enseñanza.

20.4.Los nuevos maestros de tercer nivel. La masificación y diferenciación de la enseñanza superior ha hecho surgir una nueva (semi)profesión académica, poblada por docentes que trabajan a tiempo parcial en centenares de instituciones de diverso nivel y que reciben un tratamiento y gozan de un status por completo distinto al de los antiguos catedráticos de las viejas profesiones y al de los académicos modernos que se desempeñan simultáneamente en la investigación y la enseñanza. Como se vio, los docentes de tercer nivel superan en América Latina, actualmente, el número de 600 mil, habiéndose estimado que no más de un 10% pertenece a la élite, aquella que investiga, ejerce la docencia en programas de posgrado y recibe reconocimiento académico, social y económico suficiente por las funciones que desempeña. Para el grupo mayoritario de los maestros de tercer nivel, los problemas de calidad están indisolublemente ligados a su propio e inestable estatuto, a las bajas remuneraciones que perciben, al escaso apoyo que encuentran y a las condiciones deterioradas en que frecuentemente deben actuar. Su identidad con la disciplina o la profesión suele ser baja y, en muchos casos, sus asociaciones sindicales o gremiales apenas llegan a preocuparse de algo más que de los aspectos burocráticos y económicos de la carrera docente.

20.4.Agentes externos. Las expectativas exógenas respecto a la calidad de los productos de la ES no han sido ni demasiado variadas ni han tenido suficiente intensidad en la región, por lo menos hasta hace pocos años. Sin embargo, durante los últimos años las empresas han empezado a manifestar su descontento con la formación de los profesionales y técnicos que deben contratar; los usuarios de servicios profesionales empiezan poco a poco a manifestarse cuando ven frustradas sus expectativas de recibir un servicio de calidad, y los medios de comunicación se preocupan ahora, aunque sólo sea incipientemente, por la calidad y pertinencia de las actividades que desarrollan las instituciones.

20.5.Los gobiernos. Aunque usualmente carecen de políticas para conducir el desarrollo de los sistemas, limitándose a transferir recursos fiscales y a responder a las contingencias y presiones más inmediatas, resulta evidente que, sobre todo a partir de la década pasada, algunos gobiernos han empezado a preocuparse seriamente por la eficiencia del gasto que realizan en la educación superior, por la proliferación de instituciones y por la ausencia de regulaciones que permitan garantizar la solidez y calidad del sistema (Recuadro 2).

21. Equidad. En relación al segundo aspecto, se ha constatado en el sector oficial que la combinación entre educación gratuita y financiamiento público automáticamente asegurado es explosiva desde el punto de vista de la equidad. Para América Latina en su conjunto se estima que en 1987 un 50% del subsidio público a la educación superior beneficiaba a alumnos provenientes del quintil más alto en la distribución del ingreso. En contraste, los estudiantes provenientes de hogares ubicados en el quintil más bajo apenas recibían el 5% de ese subsidio. O sea, los alumnos ricos se beneficiaban 10 veces más del subsidio que los alumnos pobres. Además, se ha estimado que alrededor de un 40% de dicho subsidio proviene del cobro de impuestos no progresivos a la compraventa de mercancías, que afecta desproporcionadamente a los sectores de menores ingresos y con escasa representación en la enseñanza superior (Carlson, 1992:14). Lo dicho significa que, en la práctica, una alta proporción de los alumnos del sector público universitario, proveniente de los tres quintiles superiores de la distribución del ingreso, recibe sin costo directo su educación superior y obtiene, más adelante, significativas ventajas monetarias y no-monetarias a lo largo de su carrera ocupacional. Sólo una reducida proporción de alumnos de bajos ingresos (provenientes de los dos quintiles inferiores) se beneficia con ese mismo tratamiento preferencial. Según un reciente estudio del Banco Mundial (1993:6), mientras en América Latina sólo un 15% de la población está compuesta por empleados "de cuello y corbata", sus hijos representan el 45% de la matrícula de la enseñanza superior (Recuadro 3).

22. Eficiencia interna. En relación con el tercer aspecto, existen incontables señales que llevan a pensar que el grado de eficiencia interna de las instituciones oficiales (medido por las tasas de graduación y el tiempo demandado para producir un graduado) es baja. Por ejemplo, se estima que en Venezuela el subsistema universitario público demora en promedio 16 años para producir un graduado, o sea, el fisco debe desembolsar tres veces el costo ideal por graduado (Wolff & Brunner, 1992:4), situación que es similar en el caso de las universidades oficiales de Nicaragua (Brunner & Eduards, 1994). Por su parte, en Chile, las instituciones oficiales ocupan en promedio 9,2 años para formar graduados cuyas carreras, nominalmente, exigen una duración de 5 años, costando el proceso formativo cerca de dos veces el valor ideal (Brunner & Briones, 1992:27). En otros sistemas públicos, en tanto, con una provisión relativamente más abundante de recursos públicos, como es el caso del Brasil, se observa que el gasto público por alumno de las instituciones federales puede llegar a cifras consideradas comparativamente como exorbitantes (más de U$8.000), versus un gasto público de alrededor US$ 1.400 en Chile, Costa Rica y Venezuela y un gasto promedio inferior a US$1000 para el conjunto de los países de la región, exceptuado Brasil.

La reducida eficiencia y altos costos de los graduados se explica, en parte, por las altas tasas de deserción que a su vez son producto de la baja selectividad de los sistemas de ingreso a la universidad pública, la mala calidad de la formación de nivel secundario y al hecho de que un número creciente de alumnos, junto con estudiar, trabajan. Asimismo, incide el hecho de que en las instituciones públicas las razones alumno/docente y docente/personal administrativo son relativamente bajas; esto es, los docentes trabajan con pocos alumnos y existen numerosos administrativos en proporción a los docentes. Además, influye el hecho de que los docentes han conseguido, en diversos países, situaciones de privilegio, como se muestra en el Recuadro 4 para el caso de Venezuela. Algo similar ocurre en las instituciones oficiales en relación con el personal no-docente. Por ejemplo, el Rector de la Universidad Nacional de Córdoba informaba hace algún tiempo que esa institución "destina el 50% de su presupuesto al pago de los salarios de los no-docentes; con el otro 50% se pagan los sueldos docentes". En esa universidad, "los sueldos para la administración duplican los sueldos para la docencia". Según esa misma autoridad universitaria, al momento de asumir su cargo, en el área del rectorado de su institución se encontraban empleadas 1007 personas que se distribuían así: personal de ejecución 27, personal de supervisión 417 y personal superior 563 personas (Delich, 1990:69).

Agotamiento del modelo de coordinación

23. Lo dicho hasta aquí lleva a concluir que se ha producido un verdadero agotamiento del esquema de coordinación vigente entre las instituciones, el Gobierno y los mercados pertinentes. Como se vio antes, dicho modelo gira en torno a un Estado relativamente ausente pero benevolente en la asignación de recursos fiscales al sector de instituciones oficiales y a un mercado relativamente desregulado en el caso de las instituciones privadas.

24. Según señalan diversos estudios, el eje o pivote de dicho esquema de coordinación consiste en el empleo de un dispositivo semi-automático para la transferencia de recursos públicos al sector de instituciones oficiales, basado en asignaciones anuales fijas que se hallan determinadas por la ley o consagradas por la práctica. En general, se emplea este mecanismo combinado con un dispositivo negociado de incrementos anuales cada vez que el ciclo económico y las políticas fiscales permiten otorgar un aumento en relación al presupuesto del año anterior. De hecho, tanto el monto principal como los incrementos son distribuidos en función del presupuesto que ha correspondido a cada universidad el año anterior, práctica que a la larga genera un patrón relativamente estable de repartición de los recursos públicos entre las universidades oficiales.

25. Esta modalidad de asignación del gasto público en educación superior posee una serie de rasgos comunes entre los distintos países, [7] independientemente del Grupo en que se hallan clasificados sus sistemas (Brunner, 1993):

25.1. Beneficia exclusivamente a las instituciones oficiales cuyo rasgo definitorio es, precisamente, el hecho de que son financiadas en su casi totalidad o predominantemente a través de asignaciones automáticas fijadas anualmente en el presupuesto nacional. La regla es: "sólo las instituciones erigidas con carácter público reciben aportes automáticos del Estado; sólo las instituciones que reciben ese tipo de subsidio son reconocidas como instituciones públicas".

25.2. El monto asignado se determina en base al presupuesto del año anterior, incrementado --o reducido-- según la coyuntura fiscal, las políticas de la hacienda pública y el resultado de las negociaciones intraburocráticas dentro del Gobierno y de éste con los actores corporativos del sistema que pugnan por aumentar su participación en el presupuesto nacional. El eje de las asignaciones automáticas es su carácter inercial; ellas no miran ni a los inputs requeridos ni a los outputs esperados, los cuales son considerados "datos fijos".

25.3. En la mayoría de los casos, la determinación del monto total a ser asignado a las instituciones públicas es efectuada por los organismos encargados de formular y aplicar las políticas fiscales, trátese del ministerio de hacienda, la secretaría de planificación o un departamento cercano a la presidencia. El ministerio de educación ejecuta las transferencias y actúa, en primer instancia, como arena de negociación con las universidades. Asimismo, está en la primera línea cuando llega el momento de un conflicto presupuestario, aunque la resolución del mismo, habitualmente, esté más allá de su alcance.

25.4. Los subsidios otorgados a cada institución se definen conforme a un criterio histórico de distribución que, por lo general, ha ido desarrollándose y cristalizando a lo largo del tiempo, producto de negociaciones ad-hoc y de estimaciones sobre el tamaño (matrícula), composición de funciones y estructura de costos de las carreras ofrecidas por las diversas instituciones beneficiadas. Por lo mismo, las asignaciones responden más a la evolución del gasto en el pasado que a previsiones futuras. En general, la universidad nacional más antigua y las nuevas universidades creadas bajo un proyecto de excelencia académica tienden a tener una participación privilegiada en el gasto en comparación, por ejemplo, con las universidades regionales o provinciales lo cual --combinado con los variables grados de eficiencia interna de las instituciones-- se manifiesta en un gasto por alumno que puede llegar a ser altamente dispar entre las distintas instituciones de un mismo país. [8]

25.5. La distribución de recursos entre las instituciones cambia sólo lentamente a lo largo del tiempo. Dichos cambios pueden resultar de diversos factores: creación de nuevas instituciones, alteración en la estructura y tamaño de algunas instituciones existentes, favoritismo político de un gobierno hacia una o más instituciones durante un período de tiempo suficientemente largo como para introducir un cambio en la fórmula distributiva, negociaciones exitosas de algunas de ellas o su crecimiento explosivo por creación masiva de vacantes o apertura de nuevas carreras de alto costo (como una Escuela de Medicina, por ejemplo), etc. En todo caso, cualquier cambio drástico tenderá a ser combatido por aquellos establecimientos no-beneficiados, lo que frecuentemente fuerza a los respectivos gobiernos y ministerios de educación a "ocultar" las asignaciones que puedan alterar la fórmula distributiva. Las instituciones, por su parte, suelen demandar --y a veces obtienen-- que la fórmula distributiva se consagre legalmente. En algunos casos han conseguido, además, que el Gobierno sea obligado por la Constitución o la ley a destinar un porcentaje fijo del PNB o del presupuesto nacional o de la recaudación tributaria a la educación superior o a un grupo de instituciones. En suma, el mecanismo de asignaciones automáticas tiende a una relativa rigidez, la pauta de distribución cambia sólo lentamente y sin relación con la evolución de los "productos" o la productividad de las instituciones y su uso genera inevitablemente presiones en favor de su consagración legal.

25.6. En cualquier caso, los subsidios canalizados por esta vía reflejan una intrincada red de relaciones de peso y fuerza entre las instituciones oficiales y de éstas con el Estado, y expresan el entramado de intereses cristalizados en esas relaciones. El gasto y su distribución no reflejan una política deliberada de desarrollo del sistema. Desde el punto de vista de las instituciones, el juego consiste en obtener incrementos anuales del presupuesto asignado, habitualmente comprometiendo recursos anticipadamente o, incluso, generando un déficit. Desde el punto de vista del gobierno, el juego consiste en negociar los incrementos "a la baja" en tiempos de estrechez de la caja fiscal y en aumentarlos cuando la coyuntura económica lo permite.

25.7. Las instituciones públicas se vuelven más y más dependientes del gobierno a medida que aumenta la proporción de recursos asignados por el Estado, sin que éste pueda usar ese poder de una manera efectiva. Según señala Martin Trow (1989:44) el gobierno y sus agencias tienen, por supuesto, "el poder económico y pueden amenazar con el castigo financiero a los recalcitrantes o morosos. Sin embargo, semejantes armas atómicas son inservibles contra la guerra de guerrillas" que libran las universidades en torno al incremento de su presupuesto. Así, paradojalmente, "mientras mayor es la dependencia de las universidades del financiamiento estatal, más impotente es el gobierno para usar sus instrumentos financieros como una palanca de políticas o de control".

25.8. Esta modalidad de asignación tiende a imprimir al vínculo entre el Estado y las instituciones un carácter de relación de fuerza, negociación y presión corporativas, limitando la independencia de las instituciones oficiales y la transparencia que debieran tener los procesos de apropiación de los recursos públicos. Incluso, es posible observar la constitución de verdaderas relaciones de padrinazgo y clientelares entre algunas instituciones y sus "padrinos" en la arena política (Lucio & Serrano, 1992a, Kent 1990) (Recuadro 5). En estas circunstancias se genera asimismo un interés especial de los gobiernos en la designación de las autoridades universitarias, a fin de favorecer la presencia de "interlocutores razonables" en esas posiciones, y fuerza a las instituciones a actuar en términos de influencia corporativa y la movilización de recursos sindicales.

25.9. También el uso por parte de las instituciones de los recursos asignados presenta un alto grado de rigidez. La mayor parte debe destinarse al pago de remuneraciones de acuerdo con pautas relativamente inflexibles de "isonomía salarial", así como al pago de reajustes y otros beneficios asociados habitualmente a la carrera académica. Sólo una proporción marginal de los recursos puede ser usada con fines "programáticos" o de desarrollo de la institución. [9] El principio operativo termina siendo, por lo tanto: "a mayor personal contratado, mayor el subsidio de continuidad y mayores las probabilidades de obtener un incremento presupuestario".

26. Del análisis anterior se siguen diversas consecuencias que parecen estar en el corazón de la crisis y que son causadas, esencialmente, por la modalidad empleada para el financiamiento de la educación superior.

26.1. Ausencia de políticas. Mediante el uso de esos mecanismos es prácticamente imposible que los gobiernos puedan formular y aplicar políticas más o menos coherentes de desarrollo de la educación superior. En efecto, el esquema básico de financiamiento empleado, consistente en asignaciones presupuestarias automáticas (e idealmente incrementales) a las instituciones públicas y en el autofinanciamiento del sector privado por vía del mercado de matrículas, convierte al gobierno en lo que suele llamarse "cheque book government" (Van Vught,1989:42), cuyo papel se limita al pago de las cuentas provenientes de las instituciones públicas (principalmente las remuneraciones del personal académico y administrativo) mediante transferencias anuales del presupuesto nacional y a una función de prescindencia benevolente (des-regulación) en el caso de la educación superior privada. De este modo, los gobiernos se ven llevados a abandonar uno de los instrumentos más eficaces con que cuentan para orientar el desarrollo de la educación superior. Convierten el manejo del tesoro público, en este sector, en caja pagadora de una estructura institucional librada a su propio funcionamiento, sin vincular las asignaciones a ningún parámetro: ni al costo de los inputs ni a resultados, ni menos al grado de eficiencia, rendimiento, calidad o equidad de las funciones desempeñadas.

26.2. Control por la demanda. Ambos tipos de financiamiento, público y privado, son conducidos desde el lado de la demanda, con la diferencia de que en el primer caso la demanda se ejerce por las instituciones sobre el Gobierno mientras que en el segundo se ejerce por los alumnos sobre las instituciones. Como bien señala Lincoln Mattos (1989:6), lo dicho significa que en el caso de los desembolsos gubernamentales "el proceso decisorio es comandado por la demanda"; las asignaciones en que debe incurrir el tesoro público son determinadas unilateralmente por las instituciones, las que fijan su nivel de gasto en función de lo gastado el año anterior (continuidad) y del ritmo en que deciden expandir sus actividades (incremento), trátese del número de vacantes ofrecidas, carreras y escuelas creadas, personal que contratan, etc. Frecuentemente, los gastos van por delante de los recursos asignados; se genera así un deficit que el Estado debe cubrir mediante suplementos o durante el próximo ejercicio presupuestario. La táctica más usual es la de provocar "hechos consumados", para así validar las demandas financieras frente al Estado.

26.3. Presión incremental. En el caso del subsistema público, el hecho de que el financiamiento sea conducido por la demanda lleva inevitablemente a presiones de gasto y conduce a los Gobiernos a complejas negociaciones políticas con las corporaciones universitarias. Lo que éstas buscan, en efecto, es cubrir mediante las asignaciones del tesoro público el gasto ordinario de continuidad, que incluye básicamente el pago anual del personal, el cual llega a representar hasta cerca de un 100% del gasto total. Esto, combinado con el hecho de que dicho personal goza de inamovilidad, "isonomía salarial" (Klein & Schwartzman, 1992), reajustes automáticos, incrementos por antigüedad y otras franquicias, transforma esta parte del gasto en un una demanda insoslayable, tras la cual es posible movilizar con relativa facilidad las presiones sindicales y corporativas cada vez que los Gobiernos se muestran renuentes a satisfacerlas en los niveles esperados (Kent, 1990). Dichos niveles tenderán, por su lado, a elevarse de año en año bajo la presión de las nuevas actividades y compromisos, de donde se sigue que el esquema de asignaciones automáticas se transforma, salvo circunstancias especiales como ocurrió durante la década pasada, en un esquema incremental de gastos.

26.4. Intercambio ineficiente. En la práctica, la asignación de recursos por esta vía desemboca en un alto grado de rigidez, conduciendo a una especie de acuerdo o pacto entre las universidades y el Gobierno, de acuerdo al cual aquellas operan con bajos niveles de eficiencia interna mientras que el Gobierno evita potenciales conflictos políticos. Bajo esta modalidad de relación, las negociaciones (y los posibles conflictos) se limitan a fijar el margen de incremento anual.

26.5. Efectos sobre la estrategia gubernamental. Sin embargo, desde el punto de vista de los gobiernos, la mecánica de financiamiento adoptada lleva a que éstos busquen congelar el gasto directamente transferido a las instituciones de educación superior y a encontrar arreglos que les permitan diversificar las modalidades de asignación de los recursos, de modo de "sustraer" una parte de ellos a la lógica de las asignaciones anuales automáticas. Presiona, asimismo, en favor de una expansión del sector privado, que permita a los gobiernos contar con una mayor oferta de vacantes a un costo público menor o nulo.

26.6. Efectos sobre las instituciones oficiales. Desde el punto de vista del funcionamiento interno de las instituciones públicas, esta modalidad de financiamiento empuja la actividad rectorial en dos sentidos: a) hacia dentro, el Rector no necesita preocuparse por la eficiencia de su institución ya que ésta no repercute sobre el nivel de los ingresos percibidos anualmente y, b) hacia fuera, el Rector se convierte en un gestor político de recursos para su institución. En la esfera interna, la cultura organizacional que se desarrolla en este tipo de instituciones es una de escaso interés por la eficiencia en el uso de los recursos y de baja atención por la productividad o rendimiento de las funciones académicas. En cambio, la autoridad universitaria está obligada a movilizar recursos políticos --clientelares, de negociación o de presión y confrontación-- a fin de negociar incrementos presupuestales con el Gobierno. Como se ha mostrado en el caso brasileño, los rectores más experimentados o con mayor "agresividad gerencial", practicaban perfectamente la receta consistente en gastar rápido, iniciar nuevas actividades y trasladar al Ministerio de Educación el problema de los déficit que pudieran generarse. "Tudo se passava como se o reitor fosse encarregado de gastar e o MEC (Ministerio de Educación y Cultura) de pagar..." (Lincoln Mattos, 1989:10).

27. En suma, esta modalidad de coordinación y financiamiento de la educación superior genera un contexto que no incentiva la calidad, equidad y eficiencia de las instituciones públicas y conduce, eventualmente, a su parálisis y a establecer un marco de relaciones perversas entre éstas, el gobierno y los mercados pertinentes. Con el tiempo, las asignaciones fiscales se ajustan al nivel de ineficiencia de las instituciones, mientras que los gobiernos asumen ese costo a cambio de evitar conflictos políticos y disturbios al interior de las instituciones oficiales. Por su parte, éstas se ajustan al nivel de las asignaciones recibidas: los sueldos del personal académico se deterioran, el gasto por alumno disminuye, las inversiones caen o se paralizan, el cuerpo de investigadores --allí donde existe-- envejece o migra hacia el sector privado o al extranjero sin poder ser sustituido.

28. En cuanto al sector institucional privado se observa que, a partir del solo ingreso generado por el cobro de aranceles, estas instituciones apenas logran establecerse como entidades docentes, de absorción de demandas en el mercado y de certificación profesional de dudosa calidad. Escapan a tal descripción, como se vio más arriba, dos tipos de instituciones privadas: algunas universidades católicas y las instituciones de élite que, además de cobrar matrículas relativamente altas, cuentan con diversas otras fuentes de ingresos, como apoyos selectivos del Estado, donaciones empresariales, ingresos propios, el respaldo de la cooperación internacional, etc., como ocurre en los casos de las Universidades Javeriana y de Los Andes en Bogotá, la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro, la Universidad del Pacífico de Lima, y, en México, la Universidad Iberoamericana y el Instituto Tecnológico de Monterrey.

En el resto de los casos, con su actual forma de financiamiento, las instituciones privadas (universitarias y no universitarias) --con raras excepciones-- sólo logran reunir un reducido número de profesores de jornada completa, deben especializarse en algún área o bien ofrecen solamente carreras de alta demanda y costos relativamente bajos de producción y, en general, limitan su estrategia de inversión a la construcción de instalaciones físicas (edificios). No debiera causar sorpresa, entonces, que el costo por alumno en este último tipo de instituciones sea netamente inferior al de la mayoría de las universidades públicas, como suelen remarcar los estudios del Banco Mundial. Independientemente de que en ocasiones algunas de estas instituciones pudieran ser más eficientes que sus homólogas del sector oficial, la verdad es que la mayoría de las veces tales comparaciones carecen de sentido, atendiendo a las diferencias de sus respectivas estructuras de costo y funcionamiento.

Financiamiento en tiempo de crisis

29. La crisis descrita hasta aquí --estructural, de parálisis institucional, de mal-funcionamiento de los sistemas y de la modalidad de coordinación y financiamiento de las instituciones-- se vio profundizada durante la década pasada, la cual, debido al estancamiento e incluso retroceso producido en el desarrollo de la región, ha sido designada por la CEPAL como una "década perdida". La disminución del gasto público destinado a la educación superior, para varios países, se muestra en el Cuadro 11.

29.1. A lo anterior viene a agregarse el hecho de que los países de la región destinan una proporción relativamente baja del PNB a la educación en general, con sólo unas pocas excepciones como se muestra en el Cuadro 12. En cambio, la mayoría de ellos asigna alrededor de un 20% de dicho gasto al nivel de la educación superior, lo que se compara con un promedio de 21,9% en el caso de los países de la OECD (1992:47). Hay con todo excepciones, como en el caso de países que gastan más de un 35% o menos de un 10% en este nivel.

29.2. Según se desprende de un análisis basado en las estadísticas internacionales de la UNESCO (Reimers, 1994), América Latina llegó a gastar, a fines de esa década, un monto fiscal promedio menor por alumno matriculado en la enseñanza superior que todas las demás regiones del mundo. Los países del Africa Sub-Sahariana gastaban en promedio tres veces más por alumno; los países asiáticos cuatro veces más. Los Estados Unidos y Canadá gastaban 14 veces más por alumno terciario. Los países asiáticos con un nivel de ingresos similar al de América Latina gastaban un 50% más en promedio por alumno que los países de América Latina.

30. Existen sin embargo notables diferencias en cuanto al gasto público corriente por alumno entre los distintos países de América Latina. Considerando el total de la población estudiantil de cada país en el año 1991 (matriculada en instituciones oficiales y privadas), el gasto público por alumno fluctuaba en los países de la región entre aproximadamente US$100 y US$2000. Si se considera sólo a los estudiantes inscritos en instituciones que se benefician de ese gasto, puede estimarse que las cifras por alumno variaban, ese año, entre US$262 (Perú) y más de US$8.500 (Brasil). Según estimaciones para ese año, el gasto público corriente promedio por alumno inscrito en una institución oficial se ubicó en alrededor de US$1600, si se incluye al Brasil, y en US$960 si se excluye Brasil. El gasto corriente total ascendió ese año a alrededor de US$6.825 y, sin considerar a Brasil, a un monto de US$ 3.678 (Cuadro 13).

31. El fenómeno descrito de reducción del gasto fiscal por alumno durante los años 1980 y 1988 no se limitó a América Latina. Según cifras del Banco Mundial (1993:3), mientras que la matrícula en los países de ingresos bajos aumentó durante ese período en un 8,8% anual promedio, los ingresos del sistema disminuyeron en promedio en un 12,3% anual; en el caso de los países de ingresos medios bajos, las correspondientes cifras fueron 6,6% y 9,1%; y en los países de ingresos medios altos, 6,1% y 4,6%. Sólo en los países de ingresos altos, los recursos aumentaron durante el período (en un 0,9% anual), pero, incluso allí, la matrícula se incrementó por encima de los recursos, en un 4,3% anual.

32. A pesar del bajo gasto promedio por alumno en educación superior (excepto Brasil), varios países de América Latina destinan de todos modos una proporción más alta de recursos fiscales a los alumnos de este nivel que los países industriales, en relación al ingreso por persona. La mayoría, además, gasta --expresado como múltiplo del producto per cápita-- 4 o más veces por alumno terciario que por alumno matriculado a nivel preescolar y de la enseñanza primaria, a pesar de que en el promedio de la región las tasas medidas de retorno social a la educación básica son más altas que las tasas de retorno social a la educación superior [10] , según muestra el Cuadro 9.

32.1. Conforme a ese indicador de gasto por niveles, en 1990 sólo cuatro países (Bolivia, Cuba, Chile y El Salvador) de entre aquellos para los cuales existe información pertinente destinaban a sus alumnos de la enseñanza superior menos de 4 veces que lo asignado por alumno pre-primario y primario (Cuadro 14). Salvo en los casos de Japón y Holanda --que gastan alrededor de 4 veces más por alumno de tercer nivel que por alumno pre-primario/primario, en relación al ingreso per cápita-- en los demás países de la OECD el gasto es de tres veces o menor. Corea, por el contrario, destina 2 veces más a los alumnos primarios que a los estudiantes de la enseñanza superior, en relación a su ingreso per cápita (UNESCO, 1993a).